La Lupa

por Ignacio Ferriz

Archivos en el mes 01/09


Filosofía de la solidaridad

Lo único importante para este nuevo año queda resumido por el “salud” de los brindis y el tintineo de las copas de cava al chocar. Además la vida es una actitud mental y si consiguiéramos que la nuestra fuese relajada y positiva apelaríamos con mayor efectividad a la suerte. El sentido común – el menos común de los sentidos- debe hacernos recapacitar acerca de nuestra pertenencia al 20 por ciento del planeta que goza no solo de pan y techo sino de unos servicios públicos y privados, amén de una seguridad global y comodidades colectivas que no existen en el otro 80 por cien del globo terráqueo.Pero la vida es “nata y luto”, ambivalente, “te da champán y después chinchón” y no corren precisamente buenos tiempos para un gran sector de la población, la rueda cíclica de la economía no perdona y ahora toca “agarrarse los machos”, muchos han trocado el verbo vivir por el de sobrevivir y el miedo al miedo o a la hipoteca bloquea el ánimo y los pensamientos de nuestros convecinos desembocando en el fatalismo; ahora más que nunca nuestro tejido familiar y social tiene que coser desgarrones laborales y psicológicos marcando diferencias con otras culturas que dejan al individuo indefenso y, como Gary Cooper, sólo ante el peligro.

Muchos las están pasando canutas, como siempre los de abajo, económicamente hablando, notan más los baches de la macroeconomía en crisis. Las esperanzas e ilusiones hibernan en los números rojos de una cuenta corriente pero no olvidemos que en décadas no tan lejanas en el tiempo los ciclos de ajuste fueron aún más duros, que se lo pregunten a las maletas de los emigrantes; nunca, no obstante, se perdió la filosofía de la solidaridad y del “donde comen tres comen cuatro”, afortunadamente ahora, pese a la recesión, el alimento ya no hay que racionarlo como acabo de mencionar y la maleta o caja atada con cuerdas hacia Barcelona o Suiza ya no forma parte de los bodegones que retratan icónicamente estos tiempos.

Nuestros padres han vivido mejor que nuestros abuelos, esperemos que nuestros hijos vivan mejor que nosotros, si así no sucede no creo que sea por razones económicas sino por el derrumbe de los ideales y por ende de los idealismos y su sustitución por un pragmatismo vano y sobornado por el “quítate tú que me ponga yo” y la idolatría “al oro del becerro” y esto, a veces, es más peligroso que una crisis económica de cuatro años en la que, por cierto, gobernantes, bancos, empresarios y sindicatos tienen, en estos momentos difíciles, la oportunidad de demostrar que son entes no exentos de ideas y corazón, con vocación para ayudar al individuo a salir del paso; que los pronombres y adjetivos englobadores y comprensivos como nosotros y nuestro-a-os-as sustituyan en época de crisis a esos otros más egocéntricos del yo, mi, mí y mío-a-os-as.

ignacioferriz@hotmail.com

Ser niño en la década de los 70

En la entrada a la explanada del mercado semanal cerca ya del arco, lado izquierdo, había un vendedor de roscos de merengue y cuñas de buen chocolate, con el contrapunto perfecto de sal en la molla que junto a las tortas de manteca de mi tendera Rosa, cuadradas y de finas capas tiernas y hojaldradas, ora azúcar caramelizado, ora blanca y virgen, endulzaron mi infancia.Teníamos siempre las rodillas magulladas de cuando, jugando al fútbol, nos caíamos en nuestra placeta de la Cooperativa o cuando nos clavábamos las chinas del Paseo de la catedral. Nuestra vida en realidad giraba en torno a la pelota, no mentiría si dijera que lo esencial de la vida lo aprendí alrededor de un balón: la grandeza y las miserias de la amistad, los códigos de honor, la estrategia, el azar, el respeto al rival, el esfuerzo individual y el colectivo o el sabor de la victoria y de la derrota.

De noche las mantas de la cama con somier de red metálica y delatora pesaban y picaban, quitaban el frío pero no daban un calor dulce sino coagulante, nariz y orejas se te quedaban rojas y frías como el intermitente de un 127 en una noche de vaho.

Nuestros juegos, los de los niños, eran un poco brutos, sobretodo para las cervicales: churro-pico-terna, luz, carne, quietos-mudos-inmóviles, policías y ladrones; las canicas y los platicos, los de Martini con corcho capado y los de bitter Kas añadiéndole una gotica de cera eran rapidísimos, también jugábamos al aro -con viejas gomas de neumático recauchutado- y a carreras de relevos; yo era un poco enclenque así que, balompié aparte, mi juego favorito era bombilla, en el que había que recordar cuantos más nombres mejor de listas que el que iba de mano prefijaba (marcas de tabaco o de camiones, ciudades de España, países de Europa, …), también fabricábamos sofisticadas pistolas matamoscas con pinzas de la ropa y dardos con palos de chupa- chups y alfileres.

En televisión nos gustaba Mazinger Z y su novia Afrodita, ambos robots, la segunda con armas de mujer que todos recordamos, también nos gustaba Pipi Calzaslargas y Barrio Sésamo, en especial el Conde Draco, el nos enseñó las matemáticas que hasta hoy sabemos, ya con 9 ó 10 años nos enganchamos al pícaro Lucas Trapaza encarnado por Fernán Gómez y el conjunto cadera, cintura, mallas de Rafaella Carrá nos llevó a la mayoría por la senda de la heterosexualidad, Fernando Esteso nos maravillaba con sus imitaciones y ocurrencias.

El doctor Lupiani era certero en sus diagnósticos, con su voz de barítono y su cenicero jalonado de pitillos; el director del coro, Padre Ros, era riguroso en su trabajo, amén sus cocas eran epicentricocraneanas y de arriba abajo, como el sindicato vertical. Muley te taladraba los ojos con sus pupilas. Sintonizábamos al Loco de la Colina en AM-onda media- ya que aún no había FM de implantación local, la más cercana que aquí se captaba era, creo recordar, Radio Linares.

Mis héroes de papel eran los personajes de los cuentos de Gloria Fuertes, Anacleto agente secreto, El Jabato, Dan Defensor, Alejandro Magno o Mafalda. Mis regalos de reyes: trajes de pistolero, guantes de borreguico, un balón de reglamento junto con el póster de Iríbar, libros de personajes históricos, adaptados a niños, y un objeto que siempre me ha causado fascinación: el bolígrafo, también llamado, y con que razón, máquina de escribir.
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