Filosofía de la solidaridad
Lo único importante para este nuevo año queda resumido por el “salud” de los brindis y el tintineo de las copas de cava al chocar. Además la vida es una actitud mental y si consiguiéramos que la nuestra fuese relajada y positiva apelaríamos con mayor efectividad a la suerte. El sentido común – el menos común de los sentidos- debe hacernos recapacitar acerca de nuestra pertenencia al 20 por ciento del planeta que goza no solo de pan y techo sino de unos servicios públicos y privados, amén de una seguridad global y comodidades colectivas que no existen en el otro 80 por cien del globo terráqueo.Pero la vida es “nata y luto”, ambivalente, “te da champán y después chinchón” y no corren precisamente buenos tiempos para un gran sector de la población, la rueda cíclica de la economía no perdona y ahora toca “agarrarse los machos”, muchos han trocado el verbo vivir por el de sobrevivir y el miedo al miedo o a la hipoteca bloquea el ánimo y los pensamientos de nuestros convecinos desembocando en el fatalismo; ahora más que nunca nuestro tejido familiar y social tiene que coser desgarrones laborales y psicológicos marcando diferencias con otras culturas que dejan al individuo indefenso y, como Gary Cooper, sólo ante el peligro.
Muchos las están pasando canutas, como siempre los de abajo, económicamente hablando, notan más los baches de la macroeconomía en crisis. Las esperanzas e ilusiones hibernan en los números rojos de una cuenta corriente pero no olvidemos que en décadas no tan lejanas en el tiempo los ciclos de ajuste fueron aún más duros, que se lo pregunten a las maletas de los emigrantes; nunca, no obstante, se perdió la filosofía de la solidaridad y del “donde comen tres comen cuatro”, afortunadamente ahora, pese a la recesión, el alimento ya no hay que racionarlo como acabo de mencionar y la maleta o caja atada con cuerdas hacia Barcelona o Suiza ya no forma parte de los bodegones que retratan icónicamente estos tiempos.
Nuestros padres han vivido mejor que nuestros abuelos, esperemos que nuestros hijos vivan mejor que nosotros, si así no sucede no creo que sea por razones económicas sino por el derrumbe de los ideales y por ende de los idealismos y su sustitución por un pragmatismo vano y sobornado por el “quítate tú que me ponga yo” y la idolatría “al oro del becerro” y esto, a veces, es más peligroso que una crisis económica de cuatro años en la que, por cierto, gobernantes, bancos, empresarios y sindicatos tienen, en estos momentos difíciles, la oportunidad de demostrar que son entes no exentos de ideas y corazón, con vocación para ayudar al individuo a salir del paso; que los pronombres y adjetivos englobadores y comprensivos como nosotros y nuestro-a-os-as sustituyan en época de crisis a esos otros más egocéntricos del yo, mi, mí y mío-a-os-as.
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La Lupa es una serie de artículos, reflexiones, comentarios, poemas y una columna de opinión por Ignacio Ferriz, que con anticipo a su publicación virtual, ve la luz del quiosco regularmente en el rotativo semanal