Vinagre y rosas
Hay 4 jotas a través de las cuales he aprendido y disfrutado mucho por su sensibilidad y arte en la canción, traspasando ésta para convertirse en universos propios, son José Ignacio Lapido, Juan Perro, Javier Ruibal y Josele Santiago, no obstante hay una quinta jota definitiva para mí, Joaquín Sabina.Sabina es una especie de alter ego for me, es un artista con el que empaticé desde que lo vi, ya ha llovido, en el programa de Tola y Carmen Maura, haciendo bueno el dicho de que el que resiste vence, aunque pasó por una isquemia cerebral (nube negra) que estuvo a punto de llevárselo a otro barrio, pero dribló a la parca y ha llegado a la meta de la universalidad desde Andalucía pasando por Madrid, Méjico o Buenos Aires.
Además de componer canciones, es un buen poeta sonetista y no ha tenido pelos en la lengua para de manera sincera, lenguaraz e irónica, como Quevedo pero sin mala leche, expresar sus opiniones o mostrar sus compromisos. Bebiendo asimismo de chansonniers franceses de la bohemia, de Dylan o de cantautores allende el charco a la hora de componer.
En su último disco con remedado título cinematográfico “Vinagre y rosas” encontramos al Sabina de siempre, eso sí, más fogueado y curtido, más certero que nunca haciendo lo que quiere hacer con su impronta de talento, ironía u hondura. Borrando esa caricatura de si que durante algunos años el mismo creó con el cubata y el pitillo, serigrafiada por ejemplo en la entrada al concierto de Motril que todavía conservo, creo que del año 1988.
Este último disco podemos encontrarlo en dos formatos, uno de ellos viene con un libro en el que muestra dibujos de su propio puño de trazos sencillos que recuerdan a aquellos de algunos poetas del 27. El autodenominado grupo “de Rota” del que forma parte con algunos de sus amigos ha influido en este disco, el recuerdo a Angel González, la colaboración de Luis García Montero y sobretodo de Benjamín Prado; Varona y de Diego como siempre arropan al maestro de Ubeda; el grupo de rock Pereza añade la sal y pimienta definitiva al trabajo.
Como siempre en Sabina hay una mezcla de estilos que van desde el medio tiempo dylaniano al riff de JJ Cale, la balada a lo Tom Waits o la canción popular desnuda o travestida folk, blues, rumba -la música debe tanto a la rumba- que se van desgajando canción a canción cristalizando en perlas.
Un ramillete de buenas canciones que nos hablan de la imposible ecuación amistad amor, de cuando se ve ya más vida por el retrovisor que por la “luna” delantera, de cómo el espejo del cuarto de baño se va limpiando de vaho para mostrarte una imagen más real de ti pasados los 50, de cómo querer a los hijos duele porque la belleza alivia pero a la vez duele. Homenajea también de manera póstuma a la gran Violeta Parra y como siempre defiende a sus amigos, maestros, seguidores y amores a través del abrazo del talento y de atinados flechazos al corazón de la duda. Como siempre estrofas maestras: “nunca supe templar la guitarra que embrida mi potro”.
La Lupa es una serie de artículos, reflexiones, comentarios, poemas y una columna de opinión por Ignacio Ferriz, que con anticipo a su publicación virtual, ve la luz del quiosco regularmente en el rotativo semanal